En efecto, vino otro cazador de lobos, ésta vez un búlgaro, Hristo Zhechev. Llegó de noche a la ciudad, desprovisto de armas, con visa de turista, y se alojó en un hotel exclusivo e importante, en el centro. Una vez que se instaló y pagó una semana de estadía, llamó a alguien. -Ya estoy aquí-, dijo tumbado sobre las almohadas.
-Uno de los lobos sale con una chica, la mujer se llama Lucescu pero no es una hembra lobo-, le informó alguien.
-¡Lucescu? ¿Es rumana?-, se interesó Hristo.
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