Mi amante quedó también muy agotado. Se derrumbó sobre mí , aplastándome sobre la cama, respirando con dificultad, encharcado en sudor, tratando de desacelerar su corazón.
-No debes dejarte llevar por tu propia vehemencia-, me dijo entonces Waldo, abanicando sus ojos. Él también había disfrutado de la velada tan sensual y romántica. Gozó a sus anchas de lo maravilloso que resultó tenerme a su merced, deleitándose de mis máximos encantos.
-Me siento culpable de todo que está pasando-, l