Waldo estampó sus besos hasta el último de los pedacitos de mi cuerpo, sin dejar ninguno sin tatuar con sus ansias y deseos, su vehemencia y terquedad. En efecto yo le era un manjar sensual y delicioso y eso me volvía a mí aún más frenética. Descontrolada le besaba la boca con desenfreno, hundía mis uñas en sus brazos y espalda, le mordía el cuello, los bíceps, sus músculos, le trituraba la cintura con mis tobillos aunque él era el que me dominaba, me sometía a su vehemencia y a sus deseos y me