Con Perkins íbamos a todo sitio, arriesgábamos nuestras vidas, desafiábamos peligros, balaceras, peleas, ataques malévolos y él siempre estaba allí, a mi lado, entusiasta, porfiado y sobre todo, cuidándome frente a todos los riegos posibles. Él era mi cancerbero eterno. Por eso yo no le temía nada, ni a los más avezados delincuentes, al más despiadado tirano o al más desquiciado loco hambriento de sangre.
Hill quiso renunciar al diario, además. Él se sentía culpable del asesinato de Perkin