Harrison vio su móvil con los reportes policiales de la madrugada. -Rayos-, exclamó ella. Era cierto. El tipo fue muerto al que después que le cortaron la garganta, le habían pintado en el cuerpo, figuras de licántropos, vampiros y muchas cosas más, casi todas obscenidades y amenazas de muerte.
-Estamos en medio de una guerra-, arrugó Harrison su naricita preocupada.
Lo de la secta satánica tampoco lo sabía Waldo. Él estaba convencido, como yo, de que los ladrones y delincuentes muertos hechos jirones, habían tratado de robar a los hombres lobo. Garret ahora demostraba con sus pruebas de que eran parte, también, de una cofradía obstinada en exterminar a los cánidos.
-Cuenten conmigo para acabar con esa secta satánica y con los cazadores-, nos anunció, entonces, Harrison sonriendo. -Ustedes vivirán en paz-, nos aseguró. Yo estaba preocupada por el capitán Trevor. -¿Qué dirá tu capitán?-, le pregunté inquieta. A Rebeca le dio risa. -No se preocupen, yo me encargo de él-, subr