Al escuchar esas palabras, una oleada de recuerdos invadió mi mente. Mi padre solía decirme que no estaba sola, que siempre tendría a alguien en quien apoyarme. Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas y traté de controlarme. Vi a David alejarse hacia la alacena y sacar una botella de vino. Colocó dos copas en la mesa y comenzó a servir.
- ¿Te apetece un poco de vino para relajarnos? dijo con una sonrisa tranquilizadora.
Asentí, agradecida por la distracción. Nos sentamos en el sofá, cada uno