La voz de su hombre al otro lado de la línea era firme, pero Diego no podía esperar. La ansiedad lo consumía. “No quiero excusas. Quiero resultados. Isabela debe estar bien.”
Colgó el teléfono y se quedó mirando por la ventana. La lluvia comenzaba a caer, cada gota un reflejo de su tormento interno. La casa, una vez llena de risas y amor, ahora parecía un mausoleo de recuerdos. Se sentó en el borde del sofá, la cabeza entre las manos, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Cada m