DAFNE
Ana. Estaba de pie frente a mí, en una habitación blanca, sin puertas, sin ventanas, sin salida. Tenía los ojos abiertos, fijos, muertos, pero su boca se movía. Me decía algo que yo no podía escuchar. Se acercaba despacio, arrastrando los pies, dejando un rastro de sangre en el suelo blanco que se iba extendiendo como una sombra. Yo retrocedía, pero la pared me detenía. Ana llegaba hasta mí, me tomaba de los hombros con las manos frías y pegajosas, y me susurraba al oído con una voz que