Encontramos a Ethan en el pasillo del segundo piso del hospital. Estaba de pie, recargado contra la pared, con los brazos cruzados y la mirada en el suelo. Deivyd estaba a su lado, sentado en una silla de plástico, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos.
Me acerqué a Ethan. Él levantó la mirada y lo vi. El hombre más estratégico que yo conocía, el que siempre tenía un plan, el que nunca se permitía mostrar debilidad, estaba roto.
—Se acabó —dijo con una voz que sonó hueca—