Noha
Claire subió al auto. Se acomodó en el asiento del copiloto, cruzó las piernas y me miró con esa sonrisa que yo alguna vez confundí con amor
—Qué sorpresa, Noha —dijo, acomodándose el pelo—. No esperaba tu llamada.
—Necesitamos hablar —respondí, encendiendo el motor con una calma—. Sobre lo que me quitaste.
—No te quité nada. Tú firmaste.
La frase me golpeó en el pecho, pero no reaccioné. No podía. El plan dependía de que yo mantuviera la compostura durante las próximas dos horas.
Conduje