Leyla
El vestido era rojo. Largo. Con un escote que no dejaba nada a la imaginación y una abertura lateral que mostraba la pierna hasta donde la decencia lo permitía y un poco más allá.
Me miré en el espejo. Pelo suelto, labios rojos, tacones que me añadían diez centímetros y una actitud que decía: “Vine a destruirte, pero primero voy a hacerte creer que vine a complacerte”. Era mi mejor disfraz. No de modelo. De cazadora.
El timbre sonó. Abrí.
Alec estaba en la puerta.
—Leyla, el plan es dist