“¡Pum!”
Recibí un golpe tan fuerte en la cabeza que perdí al instante el conocimiento.
Cuando desperté, noté que tenía la cabeza vendada.
Intenté incorporarme, pero David, que estaba a mi lado, me lo impidió.
—¡No te muevas! ¡La herida puede quizás abrirse!
Al mirar alrededor, me di cuenta de que estaba en un hospital, pero de pronto recordé la figura de Adrián.
Agarré desesperada la manga de David y le pregunté: —¿Y Adrián? ¿Está bien?
David suspiró, resignado, y me dio unas palmad