Todos se taparon inconscientemente la nariz, pero no pudieron contener las náuseas.
Lucía se quejó: —¡Qué asco! Huele un cadáver podrido.
Adrián hizo mala cara mientras seguía adentrándose en el sótano.
Aunque la oscuridad persistía, yo ya no sentía miedo.
Ya que, más que las sombras, los humanos eran aterradores.
Un haz de luz se filtraba por la rendija de la puerta, iluminando el suelo.
Cuando el asistente encendió las luces, la claridad cegadora hizo que Adrián entrecerrara los ojos.