Me costaba entender cómo nuestra relación había llegado hasta este extremo.
En mi infancia, mamá y yo vivíamos en un sótano.
Eran nuestros días más difíciles: no podía permitirme ir a la escuela, así que trepaba furtivamente al árbol frente al muro del colegio para espiar desde allí las clases.
Un día, caí de las ramas llorando acurrucada.
Un niño de mi edad me ofreció cariñoso un caramelo de leche envuelto en celofán.
—Deja de llorar, toma esto —dijo mientras extendía la mano.
Alcé la