El palacio de Giza era un laberinto de sombras y susurros. La tensión, invisible para el ojo inexperto, vibraba en el aire, una partitura disonante que solo unos pocos podían escuchar. Las órdenes del Faraón de convocar una audiencia pública habían acelerado el pulso del reino, pero también habían encendido una mecha en la oscuridad. El Visir, acorralado, había movido sus piezas, y el palacio, antes un símbolo de poder y estabilidad, se había transformado en un campo de batalla silencioso.
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