Anónimo.

El departamento estaba oscuro cuando Valentina entró. Ni siquiera encendió la luz. Solo dejó caer el bolso en el piso y se apoyó en la puerta, con la respiración atrapada en un punto intermedio entre el agotamiento y el pánico.

El mensaje seguía ahí, en la pantalla, iluminando la habitación con un brillo azul que la hacía sentir expuesta:

“¿Fue él quien te hizo sonreír así hoy?”

Cuando se trataba de Alexander, no hacía falta absolutamente nada. Él siempre encontraba la forma de sonar cerca. Inc
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