―¡Rachel, estás allí! ―la voz de mi madre y un par de toques a la puerta me hacen reaccionar. Abro los ojos, por breves instantes me siento perdida, pero luego lo recuerdo todo―. ¿Rachel, estás bien?
Me levanto del suelo, nerviosa y exaltada. Aclaro mi garganta y le respondo.
―Sí, mami, estoy bien ―me acerco al lavamanos, abro la llave del chorro y me enjuago la boca―. Dame un segundo.
Al mirarme al espejo noto las tenues manchas oscuras que hay debajo de mis ojos. Me veo demacrada y agotada.