Después de mi bochornoso y denigrante encuentro con Perla, a la que no pude corresponderle como es debido gracias a que mi maldito pito no quiso funcionar, mi ánimo se vino al piso de forma estrepitosa. Mi polla, mi arma poderosa, mi bestia indomable, el orgullo de mi virilidad, se convirtió en el motivo de mi gran decepción. Por más que la estimulé, la sacudí y la cacheteé no tuvo fuerzas para levantarse. No tuve más opción que echar a Perla de mi oficina y soltar maldiciones a diestra y sinies