Noto la mirada extrañada de mi chofer a través del retrovisor, una vez que le indico la ruta a seguir. No es hasta ese instante en que me doy cuenta de lo que estoy haciendo. ¡Carajos! ¿Llevarla a la Campiña? Dudo. Para ser sincero, fue una respuesta natural y espontánea. Pero, ¿cuándo antes estuve motivado a invitar a mujer alguna a mi espacio privado y sagrado? ¡Joder, joder, joder! ¡Nunca lo hice!
«¿Es en serio, Lud? ¿Tanto te está afectando la mojigata?»
La Campiña ha sido por muchos años