―Yo, no ―niego con la cabeza―. Son solo desperdicios.
Aprieto los dedos alrededor del empaque. No quiero tener que decirle lo que sucedió. Me avergüenza que lo sepa. Mi amiga se abre paso a través de la pequeña rendija que dejé abierta.
―Robert, cariño, ¿puedes dejarnos solas, por favor?
Comienzo a temblar de pies a cabeza.
―Espero que te encuentres bien, Rachel.
Expresa, Robert, desde el lugar en el que se encuentra parado.
―Gra… Gracias.
Le respondo, nerviosa. Luego vuelca su atención e