No aguanto más, en silencio recibí los insultos de todos mis amigos, Betty, la señora Samanta y mi abuela; el de ella fue el que más dolió, porque se atribuye la culpa, no puede concebir el gran desaire que le hice a Cata.
No he dicho nada, si hablo muy seguro descubrirán el motivo real de porque lo hice. Aunque no era mi intención dejarla sin nada, ¡Puta vida!, no me acordé de sus pertenencias en mi morral. Solo quería hacerla pensar que la olvidé.
Como diría Catalina, «que me valía tres tiras