La enfermera me miró con pesar, pero era tal mi desespero que necesitaba intentarlo.
—No sabría decirle, señor. Mi deber es cuidar a ese príncipe.
Me condujo a la incubadora donde se encontraba mi hijo, al verlo… ¡Qué carajos con esa tontería dé los hombres no lloran! Yo reía y lloraba de felicidad.
—¿No puedo cargarlo?
—No, debe permanecer por ocho días dentro de la incubadora, pero si puede tocarlo, mire, debe meter las manos por aquí, pero póngase guantes primero, es bueno que él lo sienta.