Dos semanas después.
Brenda estuvo a punto de perder la cordura. El celular de Johnny no dejaba de vibrar, de gemir como un animal herido: llamadas, mensajes, correos que se acumulaban sin descanso desde el momento en que ella había soltado la cerilla y observado cómo su mundo perfecto empezaba a arder. Cada sonido era un recordatorio de lo que había hecho, una uña raspando su conciencia. Al final, la única forma de encontrar silencio —de convencerse de que aún podía dormir sin sobresaltos— fue