7. Magnate Noruego.
El beso dejó a Marina sin aliento, pero con una claridad que no había sentido en mucho tiempo. El frío del exterior ya no parecía tan aterrador porque el fuego que Lars había encendido en ella era más fuerte. Él la tomó de la mano y, sin decir una palabra, la guio de regreso al calor de la chimenea.
Ella había sido besada antes, pero nunca fue de esta manera. Fue un beso lleno de hambre, pero también, había un sentimiento que no lograba saber cual era.
Esa noche, el mundo de los Morales, las demanda que le llegó y cualquier pensamiento que pudiese estorbarle en su mente, quedaron fuera de la cabaña. Se sentaron en la alfombra de piel, frente a las llamas que bailaban en el hogar, compartiendo una botella de aguardiente local que quemaba la garganta y entibiaba el pecho.
—Háblame de Madrid —dijo Lars en voz baja, rompiendo el silencio—. Pero no de la versión de los periódicos. Háblame de la versión que solo tú conoces.
Marina suspiró, mirando el fuego. Por primera vez, la verdad no se