En un lugar desconocido
La habitación era fría, iluminada solo por una lámpara colgante que proyectaba sombras en las paredes de hormigón. Elizabeth permanecía sentada en la silla, con las muñecas marcadas por las cuerdas que la ataban. Intentaba mantener la calma, pero el dolor y el cansancio ya empezaban a pasar factura.
Uno de los hombres entró, con el rostro cubierto por una máscara negra. Sus pesados pasos resonaban en el suelo de cemento. Sin decir una palabra, se inclinó y comenzó a desatarla.
Elizabeth lo observaba atentamente, con el corazón acelerado. El simple hecho de sentir cómo se aflojaban las cuerdas la hizo respirar un poco más profundamente, pero no se atrevió a moverse. Sabía que cualquier reacción precipitada podría ser utilizada en su contra.
Antes de que pudiera preguntar nada, la voz conocida resonó, haciendo eco en la habitación.
—Mi querida Elizabeth... —dijo David, saliendo de las sombras con ese tono de falsa delicadeza que le repugnaba. Llevaba un impecable