Elizabeth
Elizabeth estaba en la sala de música del orfanato, rodeada por los niños que cantaban en coro. La inocente armonía llenaba el ambiente, proporcionándole un raro momento de paz. Sin embargo, la melodía fue interrumpida por el insistente sonido de su teléfono móvil.
Frunció el ceño, no le gustaba interrumpir las clases, pero al ver el nombre de la escuela de sus hijos en la pantalla, sintió que su corazón se aceleraba. Contestó de inmediato, ya aprensiva.
—¿Señora Elizabeth Walker? —La voz femenina al otro lado era tranquila, casi ensayada.
—Sí, soy yo —respondió rápidamente.
—Soy de la escuela de sus hijos, soy la supervisora. Tranquila, no es nada grave.
El tono tranquilo no logró disipar la ansiedad que crecía en el pecho de Elizabeth.
— ¿Qué ha pasado? ¿Les ha pasado algo a mis hijos?
— Como le he dicho, nada grave —repitió la supervisora—. Su hija Mary ha sufrido una pequeña caída durante el recreo y se ha torcido el pie. La hemos llevado al hospital por precaución.
— ¿Q