Pamela White Hamilton
Mientras tanto, en el aeropuerto, un jet privado acababa de aterrizar bajo una llovizna. En su interior, Pamela miraba fijamente su propio reflejo en la ventanilla, con los ojos ardientes de emoción. A su lado, Sebastian Hamilton permanecía en silencio.
Ella, sin embargo, murmuró con un brillo frío en los labios:
—He vuelto. Por fin.
Tan pronto como el jet terminó de rodar, la tripulación preparó el desembarque de sus pasajeros. El aeropuerto tenía una zona privada para aviones privados. Tan pronto como bajaron las escaleras protegidos por grandes paraguas, Pamela y Sebastian entraron en el coche que los esperaba.
Pamela permaneció en silencio mirando por la ventana del coche mientras recorrían las concurridas avenidas de aquella tarde.
—¿En qué piensas? —preguntó Sebastián al ver el rostro pensativo de su esposa.
Ella se volvió hacia él y le sonrió dulcemente.
—Nada, es solo que ha pasado tanto tiempo y parece que nada ha cambiado.
Sebastián la miró intrigado y a