El recepcionista, al verlo acercarse, abrió una sonrisa cómplice y, sin necesidad de muchas palabras, le entregó un ramo de flores.
John siguió la escena sin poder apartar la mirada. Curiosamente, el ángulo del espejo no le permitía ver el rostro completo del hombre. Sólo su expresión corporal: ligera, relajada… feliz.
“Debe de ser alguien con mucha suerte…”, pensó, apretando inconscientemente el vaso entre los dedos.
— Mira eso… — comentó, con un tono más amargo del que pretendía, sin apartar los ojos del espejo. — Alguien ahí… parece tener una suerte que yo… no sé si volveré a tener.
Bruce, que también había percibido la escena, miró discretamente y luego dejó el vaso sobre la barra, cruzándose de brazos.
John sonrió de lado, negando con la cabeza, contemplando el whisky como quien contempla su propio reflejo.
— He cargado mi orgullo durante tanto tiempo… — murmuró en voz baja, casi como una confesión — Y ahora… daría cualquier cosa por estar en el lugar de ese hombre y llevarle flo