El recepcionista, al verlo acercarse, abrió una sonrisa cómplice y, sin necesidad de muchas palabras, le entregó un ramo de flores.
John siguió la escena sin poder apartar la mirada. Curiosamente, el ángulo del espejo no le permitía ver el rostro completo del hombre. Sólo su expresión corporal: ligera, relajada… feliz.
“Debe de ser alguien con mucha suerte…”, pensó, apretando inconscientemente el vaso entre los dedos.
— Mira eso… — comentó, con un tono más amargo del que pretendía, sin apartar