Elizabeth
Elizabeth se despertó temprano, sintiéndose sorprendentemente ligera. Aunque John aún aparecía en sus sueños, esa noche había sido distinta, sin la tensión que solía acompañarlos. El sueño, aunque difuso en la memoria, le dejó una sensación agradable, y ella abrió los ojos con un ánimo renovado.
El día prometía ser intenso. Al llegar al restaurante, encontró a parte del equipo ya en la puerta, conversando mientras esperaban la apertura. Los saludó con una sonrisa cálida y se dirigió directamente a la cocina.
El ambiente estaba vibrante: los nuevos equipos brillaban bajo la luz clara, aún cubiertos en parte por el plástico protector. Llegaban camiones con las primeras mercancías del día, entre ellas los volúmenes más esperados: cajas que contenían porcelanas finas, cubiertos de plata pulida, copas de cristal y vasos de vidrio tallado.
—¡Cuidado con esas piezas, por favor! —pidió Elizabeth, acercándose a dos empleados que descargaban una caja—. Son frágiles y carísimas.
—Puede