Elizabeth
Elizabeth pasó los días siguientes inmersa en los últimos preparativos del restaurante. Llegaba temprano al lugar todos los días, conversaba con el equipo y ajustaba la decoración. El espacio empezaba a cobrar vida; cada detalle del diseño era revisado con atención. Recorrió el salón, observando cómo las lámparas de cristal reflejaban una luz suave sobre las mesas impecablemente dispuestas.
Se puso en contacto con los antiguos empleados del restaurante y, tras entrevistarlos, se dio cuenta de que no solo estaban capacitados, sino que también eran apasionados por su oficio. Antes de cerrar la contratación, sin embargo, quiso verlos en acción.
Hablaba con los empleados, discutía ajustes del menú y supervisaba la disposición de las mesas y la posición de cada arreglo floral.
—Quiero que me muestren lo mejor de ustedes —dijo una mañana, reuniéndose alrededor del mostrador central—. Atención, postura, precisión… y, por supuesto, sabor. Nuestro público espera más que una comida: e