Elizabeth, Adam e Sara
Los tres se reían a carcajadas mientras Adam narraba, con entusiasmo, cómo había logrado engañar a los hombres de John.
Elizabeth, que poco antes se sentía triste y sola, se dejó contagiar por la ligereza del momento. Fue uno de los raros instantes de verdadera alegría que había tenido en los últimos tiempos.
Almorzaban en el pequeño apartamento que servía como refugio. Era sencillo, pero acogedor, y ese día parecía aún más cálido, como si la amistad impregnara el ambien