Con un ligero toque en la puerta del despacho, Elizabeth la entreabrió, vacilante.
John estaba sentado en una silla de cuero, detrás de un imponente escritorio.
La gran ventana a sus espaldas enmarcaba el jardín cuidadosamente recortado. Al igual que el resto de la casa, el despacho era amplio, sofisticado y, al mismo tiempo, frío e impersonal.
A su lado, un hombre permanecía de pie, con una postura impecable. Debía de tener unos treinta y cinco años, era atlético, tenía el pelo castaño peinado