— Señor Taylor. Este es un hotel precioso. Imagino que le tiene mucho cariño —dijo el hombre con voz pausada y fría.
A Steve no le gustó el tono, pero mantuvo la compostura y la cortesía.
— Sí, señor. Este hotel pertenece a mi familia desde hace muchos años.
— ¿Y tiene intención de seguir siendo el propietario? —La pregunta sonaba amenazante.
Steve frunció el ceño, sin entender adónde quería llegar.
—Por supuesto. No me imagino en otro lugar.
—Estupendo. Entonces, si quiere seguir siendo el propietario, le sugiero... que se mantenga alejado de mi esposa.
La amenaza ahora era directa. Steve lo miró, perplejo. No se involucra con ninguna mujer casada, y mucho menos si era la esposa de algún huésped. Tenía oportunidades para ello con frecuencia.
— Señor, debe haber algún error. No le conozco a usted ni a su esposa.
— Me llamo John Walker. — El nombre fue pronunciado con dureza, como si refleja no sólo respeto, sino también temor.
Steve sintió una sacudida de reconocimiento. John Walker.