Luciano despertó en la madrugada, sintió el calor que Amelia emitía bajo sus brazos. La luz de la luna se colaba por el amplio ventanal, lo que permitía que pudiera ver las delicadas facciones de aquel su rostro.
Amelia, mientras dormía, lucía tranquila y en paz, no mostraba los mismos signos de horror que había visto por la mañana.
Luciano, al admirarla, se percató de algo más, algo en aquel rostro había cambiado. Aquel rostro, por alguna extraña razón, poseía un brillo que no sabía de dónde