Massimo vio cómo Luciano dio dos pasos hacia atrás y regresó a la silla que estaba frente a la camilla donde estaba Laura.
El hombre sintió una fuerte punzada en el pecho; en toda la vida de aquel hijo no recordaba cuántos momentos él había compartido a su lado; eran pocos, seguro que eran pocos.
Massimo estaba seguro de que, si contaba las interacciones buenas con su hijo con los dedos de las manos y, a lo mucho, los dedos de los pies, no eran nada comparados con la vida que llevaban juntos.