Massimo quería moverse, pero sus piernas no respondían; quería pronunciar palabra, pero su mente le estaba fallando. Por un momento pensó en que se estaba volviendo loco; luego de tanto, se estaba volviendo loco. Aquel joven, su cabello era color negro, pero no podía negarlo, se trataba de él, de su Luciano, sí, definitivamente era él.
—¡Eres tú! —La voz de Massimo salió baja, casi incrédula.
Luciano cerró los ojos un segundo; esas dos palabras pesaban y pesaban mucho.
—Hola, padre.
Ahí fue