Tras intentar convencer a Jacinto en varias ocasiones y ver que no tendría ningún buen resultado, Edgar se resignó a su destino, al menos por ese momento.
En la soledad de la que sería su habitación, no pudo evitar sentir unas grandes ganas de llorar al recordar todas las fotografías que su abuelo le había mostrado, pues en cada una de ellas se podían ver los evidentes golpes que Amelia había sufrido.
Inclusive ahora, Edgar no sabía cómo se encontraba, pues lo último que supo es que la habían puesto en coma para tratar de bajar la inflamación que tenía en la cabeza.
El hombre, al pensar en aquello, no pudo más que sentir arrepentimiento, él no quería hacerle daño, él no quería dejarla así, él solo quería que todo volviese a la normalidad, él solo quería que ella volviera, pero ese tal Luciano D’Angelo apareció y ahora le estaba queriendo arrebatar su corazón.
El hombre no solo se había conformado con quitarles la compañía, la cual se notaba que, para aquel hombre, solamente era una