Tras intentar convencer a Jacinto en varias ocasiones y ver que no tendría ningún buen resultado, Edgar se resignó a su destino, al menos por ese momento.
En la soledad de la que sería su habitación, no pudo evitar sentir unas grandes ganas de llorar al recordar todas las fotografías que su abuelo le había mostrado, pues en cada una de ellas se podían ver los evidentes golpes que Amelia había sufrido.
Inclusive ahora, Edgar no sabía cómo se encontraba, pues lo último que supo es que la habían