Antonio Moretti estaba seguro de que lo que haría con Luciano sería algo de lo que toda su vida se arrepentiría, pero era eso o dejar a su suerte a Amelia y el bebé.
Hoy parecía un día como cualquier otro. Antonio se la había pasado encerrado en su estudio analizando el caso de Luciano, pero por donde lo viera, estaba más que claro que no había salida.
Cansado de ver lo mismo, se quitó los lentes, los arrojó sobre su escritorio con frustración y luego masajeó su sien.
—Señor… ¿Necesita algo?