El apartamento olía a café quemado y lágrimas frescas. Daniela se mecía en el sofá, las uñas clavándose en sus propios brazos hasta dejar marcas rojas en su piel pálida. Cada latido de su corazón resonaba como un tambor de guerra en sus oídos, tan fuerte que casi podía escucharlo en el silencio de la habitación. Los minutos pasaban, pero sabía que no podría dormir, no mientras Laura estuviera en peligro.
Alexander cerró la puerta con un clic apenas audible, su silueta imponente recortándose con