Cinco días después dieron de alta a Livia.
Cuando Gustavo la ayudó a subir al carro con cuidado, recién entonces se acordó de Sofía, que seguía en el hospital.
Frunció el ceño y, tras dudar un momento, decidió volver por ella.
Al fin y al cabo, Sofía acababa de donar sangre por Livia. No podía dejarla ahí tirada.
Pero al llegar al piso donde se suponía que estaba, cayó en la cuenta de que ni siquiera sabía en qué habitación la habían internado.
Durante esos cinco días, Sofía prácticamente se le borró de la cabeza.
Detuvo a una enfermera que pasaba:
—Disculpe, ¿me dice en qué cuarto está Sofía?
La enfermera lo miró con extrañeza.
—¿Sofía? Aquí no tenemos a ninguna paciente con ese nombre.
El gesto de Gustavo se endureció. Volvió a preguntar, nervioso:
—Eso no puede ser. Hace cinco días estuvo aquí, entró a cirugía con mi compañera.
La enfermera se quedó pensando, hasta que chasqueó los dedos.
—¡Ah, ya me acordé! Le dieron de alta esa misma tarde, apenas salió de la operación.
Gustavo se