El agua golpeaba el suelo de mármol con un sonido rítmico y helado, llenando el cuarto de baño de una humedad gélida que calaba hasta los huesos. Las luces principales estaban apagadas; solo la tenue claridad que entraba desde el dormitorio permitía ver la escena que paralizó a los tres hombres y a la joven que irrumpieron en la suite.
Matheo fue el primero en entrar, con el corazón en la garganta tras haber escuchado el sonido incesante del agua durante más de una hora. Se detuvo en seco en el