La madrugada se volvió asfixiante. El silencio de la habitación fue reemplazado por el sonido de una respiración errática y pesada. Pablo, que no había pegado el ojo a pesar del frío que entumecía sus propios músculos, notó cómo Isabella empezaba a agitarse bajo las mantas.
Un gemido ahogado escapó de sus labios. Pablo se puso en pie al instante y se acercó al borde de la cama. Al verla, el corazón se le encogió: las mejillas de Isabella estaban encendidas con un rojo febril que contrastaba vio