Pablo cerró los ojos y, por un instante, el olor a vainilla de la habitación desapareció, reemplazado por el aroma a salitre y jazmines de su pasado. Cianna. Su nombre golpeó su mente como una ola. Recordó su risa, su calidez y, sobre todo, la promesa de una vida que nunca llegó a ser.
La imagen de Cianna se mezcló con el recuerdo más doloroso: el de un hijo que nunca llegó a nacer, una vida truncada por la misma oscuridad que ahora lo rodeaba en la mansión Greco. Había entrado en esa casa con