MILA
Sonó dos veces.
Me quedé paralizada en la entrada, a unos metros de la puerta, el corazón atorado en la garganta.
Sabía que era él.
Reconozco su manera de tocar. Corta. Rítmica. Sin insistencia, pero con esa tensión silenciosa, como si contuviera el aliento detrás de la puerta.
No me moví. No abrí.
Él se quedó ahí un minuto, quizás dos. Luego escuché sus pasos alejándose en el pasillo.
Sin una palabra. Sin un mensaje. Nada.
Él lo intenta. Lo veo claramente.
Deja señales. Viene a dejar un