LÉA
No la soltaré.
No esta vez.
Ella está allí, caída en el sofá como un muñeco vacío, y juro que si la dejo hundirse un día más en este mutismo, nunca volverá.
Su sudadera es demasiado grande. Su cabello está recogido de cualquier manera. Sus mejillas se hunden un poco más cada día, como si intentara desaparecer por los bordes.
Y sus ojos… vacíos. Apagados.
Casi no la reconozco.
— Mila, no puedes seguir así.
Sin respuesta. Por supuesto.
Me siento frente a ella. Pongo un paquete de papas fritas