YELENA
No debí haberlo llamado.
Ese pensamiento me golpeó en la cabeza en el instante en que la pantalla se apagó. En el instante en que su rostro reemplazó al suyo. En el instante en que me di cuenta de que me temblaban las manos y mi corazón latía con fuerza, con un dolor insoportable.
¿Por qué iba a hacerle caso a ese instinto tonto? A esa vocecita que me susurraba que lo llamara, aunque solo fuera una vez. Debí haberla ignorado, como había aprendido a ignorarlo a él. Debí haber cerrado los