YELENA
Tragué saliva con dificultad.
No iba a decir nada sobre mi bebé. No ahora. No así. No cuando sus ojos eran penetrantes y su voz tenía esa calma peligrosa que hacía que mi loba se encogiera sobre sí misma.
Así que me quedé callada.
Necesitaba que hablara primero. Necesitaba escuchar lo que creía saber.
—¡Ya basta! —espetó de repente, levantando las manos—. Sé que me estás ocultando cosas, ¿y quieres que confíe en ti?
Se alejó de la cama como un lobo enjaulado, con los músculos tensos y la