TRISTAN
—Solo comeré y nos iremos —dije, forzando las palabras. Mi voz era monótona, pesada y arrastrada. Mi ánimo se había esfumado en el instante en que Yelena salió de aquel restaurante con ese idiota a su lado. Todo pensamiento relacionado con los negocios se había desvanecido. Solo sentía una rabia ardiente en el pecho.
Debería haberme ido. Debería haberme marchado a casa. Pero no había comido nada desde la mañana y mi lobo interior ya estaba inquieto. Si lo ignoraba por más tiempo, acabarí