TRISTAN
—Alpha, el hombre está aquí —dijo uno de mis empleados, de pie en mi puerta—. El cliente que quiere comprar una de nuestras propiedades.
—Dile que lo veo en un minuto —dije. Él asintió y se fue.
Me arreglé el traje, listo para ocuparme de los negocios como cualquier otro día. Pero en el instante en que salí y vi la espalda del hombre en el pasillo, un escalofrío me recorrió la espalda.
No.
No, no podía ser él.
Pero cuando se giró, nuestras miradas se cruzaron y todo dentro de mí se romp