YELENA
—¡Ay, Dios mío… eres mi salvadora!
La voz de Nyra resonó en la cocina antes de que pudiera reaccionar.
Se apresuró hacia la mesa como si acabara de ver algo valioso, y sus manos ya estaban buscando el paquete que Tristan había dejado caer. Fue entonces cuando por fin lo miré con atención.
Era un envase de jugo de naranja.
Exactamente el mismo que el mío.
El mismo por el que casi nos peleamos hace un momento.
Parpadeé.
Nyra no perdió el tiempo. Lo recogió como si fuera suyo y se dirigió d